Manny, ya exaltado en el Salón de los Guardianes, aún sueña con Cooperstown

CLEVELAND – Estamos en el 2023, 12 años después de su última temporada en MLB, y Manny sigue siendo Manny.

Antes del juego del sábado entre los Guardianes y los Tigres, se colocaron sillas blancas en el césped del infield para sentar a los actuales miembros del Salón de la Fama de los Guardianes y dar la bienvenida al dominicano Manny Ramírez, el nuevo miembro.

Unas horas antes de subir al podio del terreno para dar las gracias a la organización, a sus antiguos compañeros de equipo, a su familia y a los aficionados, se sentó en el estrado de la sala de prensa del Progressive Field para responder a algunas preguntas. La primera pregunta fue la más obvia: ¿Qué se siente al estar de vuelta? Respondió como sólo Ramírez podía hacerlo.

“Para mí y mi familia, es un honor volver a la casa que yo construí, el Jake”, dijo Ramírez con una gran sonrisa. “Sé que le cambiaron el nombre, pero estoy feliz de volver. Estoy feliz de volver a la ciudad y al lugar donde crecí”.

Ramírez pasó las primeras ocho temporadas de su carrera de 19 años en Cleveland. Disfrutó de cuatro Juegos de Estrellas, ganó tres Bates de Plata y quedó segundo en la votación del Novato del Año de la Liga Americana en 1994, el año en que se inauguró el Jacobs Field. En 1999 lideró a las Grandes Ligas con 165 carreras impulsadas. En dos ocasiones terminó la temporada con un OPS superior a 1.100 y ayudó a su club a avanzar a la Serie Mundial en 1995 y 1997.

“Creo que deberíamos haberla ganado, pero no teníamos pitcheo”, dijo Ramírez. “En ese momento,nosotros anotábamos como ocho carreras, pero nos hacían 12. Así que fue difícil. Pero tuvimos grandes temporadas. Al menos fuimos a la Serie Mundial”.

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De todos los momentos que vivió, el último es el que más recordó. En su último partido con Cleveland, el 1 de octubre del 2000, conectó un jonrón por el centro del campo, dejando un recuerdo imborrable tanto para él como para los aficionados de la época que pasó en el noreste de Ohio.

“Creo que es uno de mis mejores recuerdos”, confesó Ramírez.

El manager de los Guardianes, Terry Francona, convivió con Ramírez durante parte de las cinco temporadas en las que fue su dirigente en Boston. Francona recordaba los ejercicios de bateo en los que veía participar a Ramírez, mientras se maravillaba con su inigualable coordinación vista-mano.

“Para ser sincero, nada me impulsó”, explicó Ramírez. “Sólo quería jugar. Era un muchacho que salió de Nueva York emocionado por venir y demostrarle a la gente lo que podía hacer. Y siempre tuve ese impulso, pero no buscaba ser el mejor bateador derecho de la historia. Sólo quería jugar y competir, sabiendo que si me caía podía levantarme y sabiendo que siempre hay otro día si es la voluntad de Dios”.

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“Todo el mundo tiene un don, pero hay que hacer brillar ese diamante para brillar de verdad”.

Ramírez brilló aún más en Boston, yendo al Juego de Estrellas en las ocho temporadas que pasó allí. Consiguió seis Bates de Plata y en un par de ocasiones terminó entre los primeros tres en la votación del MVP de la L.A. Tras pasar rápidamente por los Dodgers, los Medias Blancas y los Rays, puso fin a su carrera después de la temporada 2011, con un promedio de .312 y un OPS de .996.

Sus números, unidos a su swing natural, son más que suficientes para ser miembro del Salón de la Fama. Sin embargo, se une a un puñado de otros jugadores que han sido vinculados a las sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento, lo que ha hecho que no sea elegido cada año que ha estado en la papeleta del Salón de la Fama.

“Va a pasar”, dijo Ramírez. “Sucederá con el tiempo. Pero no tengo apuro”.

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