
Dave Bresnahan, un veterano receptor de ligas menores, no habló mucho al respecto durante una conversación telefónica, pero el hombre conocido como “Potato Caper” es parte de la realeza del béisbol.
Su tío abuelo, Roger, fue el primer cátcher de MLB en usar espinilleras. También inventó el primer casco para batear luego de ser golpeado en la cabeza por un pitcheo. Más adelante, ganó la Serie Mundial de 1905 con los Gigantes y fue exaltado al Salón de la Fama tras una larga carrera como jugador y manager.

Entonces, en 1987, cuando Dave tuvo que llamar a su padre, sobrino de Roger, para decirle que lo habían expulsado del equipo Doble-A de Cleveland por tratar de usar una papa para sorprender a un corredor, naturalmente estaba aterrorizado.
“Era un padre grandioso, fenomenal y muy comprometido con mi carrera como beisbolista”, me contó Bresnahan. “Y yo pensando, ‘Demonios, ahora no quiero que escuche que a su hijo lo dejaron libre por tirar una papa. Tenía ese miedo, esa preocupación, porque yo siempre había querido que estuviese orgulloso de mí. Pero tuve que hacer la llamada, por nervioso que estuviese”.
Ésta es la historia que contó.
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Ya era finales de agosto en medio de una larga y difícil temporada de ligas menores en 1987 para los Williamsport Bills y todo el mundo, incluyendo
Bresnahan – un receptor suplente de 25 años – estaba tratando de completar el resto del calendario. Estaban a 28 encuentros del primer lugar. Había largos viajes en autobuses tras derrotas y más derrotas. Y, especialmente para Bresnahan, largas horas en el bullpen bromeado con sus compañeros. Un día, antes de comenzar una serie contra los Filis de Reading, aquel muchacho que se describía a sí mismo como “alguien diferente, original”, tuvo una idea bien particular.
“Pensé, ‘¿Qué tal si metemos una papa en el juego?’”, recordó Bresnahan. “Eran simplemente habladurías, pero luego volvió a salir el tema al día siguiente y mis compañeros pensaron que sería divertido. Dijeron, ‘Bueno, ¿por qué no lo haces?’ Y dije, ‘¿De qué están hablando?’”.
Bresnahan jugaba muy poco, así que tener finalmente la oportunidad de ver algo de acción y luego tirar una papa por el terreno parecía un movimiento bien arriesgado. Uno de sus compañeros le recordó que había un doble-juego la semana siguiente contra los Filis y que definitivamente iba a iniciar en uno de los dos detrás del plato.
“Y dije, ‘Está bien, lo voy a hacer’”, me contó Bresnahan soltando una risa.
Entonces, el plan estaba listo: Cuando un corredor llegara a la tercera base durante el partido ante Reading, Bresnahan agarraría la papa, la lanzaría bien alto sobre la cabeza del tercera base -- como si estuviese intentando sorprender al corredor -- y luego lo tocaría con la verdadera pelota cuando éste se fuese trotando hacia plato. La mayor parte del equipo tendría que estar al tanto de la jugada, desde el coach de pitcheo (al que le había dicho un par de días antes mientras se tomaban unas cervezas y había quedado anonadado), los lanzadores y la mayoría de los infielders.
“El día antes, los muchachos estaban así como, ‘Hey, mañana es el Día de la Papa’”, dijo Bresnahan. “Fue como si aquello le diera un poco de vida a la gente, sabes, algo de lo cual hablar. Eso fue todo”.
¿Una persona que no tenía idea alguna sobre el Día de la Papa? El manager de Bresnahan, el puertorriqueño Orlando Gómez, quien había sido bajado de nivel desde Triple-A para dirigir a los Bills a mitad de campaña. El hombre ya estaba infeliz por su situación personal y probablemente no iba a mostrarse dispuesto a ser parte de una cosa así.
“No, por supuesto que no le podía pedir permiso”, contó Bresnahan.
Bresnahan también consultó con un amigo, el umpire Tim Tschida, para ver cuál podía ser la reacción si metía una papa en el juego. Tschida le dijo que si él fuese el jefe de la cuadrilla de árbitros, probablemente devolvería al corredor a tercera y mandaría a retomar el juego desde ese punto. Y probablemente también expulsaría a Bresnahan. El cátcher podía vivir con eso. No quería que el corredor anotase gracias a su broma.
“No es que yo sea uno de esos puristas locos”, me aseguró Bresnahan. “Pero sí respetaba el juego”.

El Día de la Papa llegó por fin el 31 de agosto. Bresnahan, para su sorpresa, fue colocado como receptor titular en el primer juego, en vez del segundo. El abridor de ese primer desafío, Mike Poehl, era un serpentinero con un carácter bastante serio, pero dijo que igual sería parte de la jugarreta de Bresnahan. Con todo el plan ya en marcha, ¿cómo podía echarse para atrás ahora?
Bresnahan quería poner la jugada de la papa en acción cuando hubiese un corredor en tercera y dos outs, para que cuando ocurriese todo, su equipo pudiese retirarse del terreno antes de que los árbitros pudieran revertir su decisión. El momento se presentó en el quinto inning. Con un out, un corredor en segunda y un bateador zurdo en el plato, Bresnahan comenzó a pedir pitcheos lentos y adentro con la esperanza que el toletero diese un rodado hacia la derecha que le permitiese avanzar al corredor.
“Y eso fue exactamente lo que pasó: Dio un rolling a segunda ”, siguió Bresnahan.
Hasta ahora, todo iba bien. Entonces, aunque de alguna manera se estaba arrepintiendo de que se le hubiese ocurrido tal locura, Bresnahan sabía que ya no había vuelta atrás. Tenía que hacerlo.
“Yo guardaba una mascota bien grande en el bolso que siempre tenía en el dugout durante los partidos”, explicó Bresnahan. “Le dije al árbitro que se me había roto el guante y necesitaba ir a buscar otro. Y me dijo, ‘seguro, claro’… Fui al dugout y, por supuesto, todos mis compañeros sabían lo que estaba pasando y casi hacen que explotara de la risa”.
Bresnahan había preparado las papas todo lo posible. Las peló y las cortó para que parecieran pelotas. Puso algunas adicionales en caso de que uno de sus compañeros las dañara y antes del juego, practicó lanzándolas frente a su casa con sus compañeros de cuarto. Después de lanzar la patata un par de veces, sabían que el truco iba a funcionar.

Bresnahan agarró la nueva mascota y regresó a su lugar detrás del plato. Todo estaba listo.
“Ahora tenía que darle la señal al pitcher”, me dijo Bresnahan. “Por supuesto, él sabía que la jugaba estaba montada. Tenía que asegurarse de que el bateador no hiciera contacto. Pedí un pitcheo afuera. Tuve que dar la señal con la mano, porque en la mascota tenía la papa, y luego tenía que pasarla a la mano derecha. Lo tenía que hacer sin que nadie viera, y luego dejarla lista cerca de mi tobillo mientras él tiraba la pelota”.
El pitcher tiró la bola en la tierra, algo que Bresnahan no estaba esperando. La pudo agarrar, pero siempre se preguntó qué hubiese pasado si el pitcheo se hubiera ido hasta el backstop y la papa salía volando de su guante mientras corría tras la pelota. Afortunadamente, eso no fue lo que ocurrió.
“Mi corazón estaba latiendo como loco. No puedo creer que esté haciendo esto. Pero me comprometí a hacerlo”, pensó Bresnahan said. “Tomé la bola y estaba supuesto a tirar mal a tercera. Rob (Swain) está jugando en tercera, él sabe qué hacer, pero tengo que hacer un buen tiro”.
El muchacho que estaba corriendo medía como seis pies y cinco pulgadas, me dijo Bresnahan, así si no se tiraba de cabeza para volver a la almohadilla, la papa pudo haberle dado en el casco o en la espalda. Se agachó, sin embargo, y Swain estiró el brazo como intentando atrapar la papa que Bresnahan había tirado. La papa voló hasta los jardines, reventándose en pedazos una vez pegó contra el suelo. El jardinero izquierdo, Miguel Román--quien no estaba muy al tanto de la jugarreta--quedó sorprendido con lo que estaba viendo.
“El corredor se levantó y el coach de tercera le gritó, ‘¡Anota!’”, continuó Bresnahan contándome. “Se fue corriendo tranquilo al home, pero justo antes de anotar, la bola estaba en mi guante y lo toqué. Le mostré la pelota al umpire y la lancé al montículo”.
Fue entonces, por supuesto, cuando se desató la confusión.
“El árbitro de tercera era de Nueva York y había ido a buscar el pedazo más grande. Regresó y gritó, ‘¡Es una papa!’”, relató Bresnahan entre carcajadas.
El umpire de home no estaba muy feliz porque ese día, estaba un supervisor de árbitros en el estadio. No tenía idea de qué sentenciar. Los compañeros de Bresnahan se pararon con sus caras escondidas en sus guantes. A diferencia de lo que había dicho el amigo umpire de Bresnahan, los árbitros se reunieron y decretaron que la carrera valía y el inning seguía vivo. Bresnahan se sintió mal, porque su broma había permitido una carrera a la cuenta de Poehl. Gómez, el manager, salió a reclamar, pero realmente estaba desconcertado por lo ocurrido. Eventualmente, regresó al dugout sacudiendo la cabeza.
Los Bills dominaron al siguiente bateador, Gómez sacó a Bresnahan del partido y, a pesar de abajo 2-0 en parte por culpa del incidente de la papa, los Bills terminaron ganando el encuentro.
Después del doble-tanda y con el final de la temporada acercándose, Bresnahan pensó que el incidente iba a quedar atrás. Pero Gómez todavía estaba furioso por la papa. Se lo hizo saber a su receptor y lo multó con US$50, pensando que Bresnahan estaba tratando de hacerlo quedar mal por alguna razón. Y luego Jeff Scott, el director del departamento de desarrollo de jugadores de Cleveland, decidió sentar un ejemplo con el caso de Bresnahan y lo dejó libre, a pesar de que sólo faltaban dos choques en la campaña.
“Recibí una llamada de Scotty y estuvo bien, tranquilo, lo conocía desde que estuve en los Marineros”, dijo Bresnahan. “Me contó, ‘Orlando está bien molesto, piensa que hiciste esto para hacerlo quedar mal… Bres, no puedo tener a jugadores tirando papas’”.
Bresnahan entendió, pero todavía tenía una última broma que hacer. En vez de pagar los U$50, llevó dos sacos de papas al clubhouse y los dejó en el escritorio del dirigente, con una nota que decía: “Por supuesto, no esperas que pague la multa de US$50, pero aquí hay al menos 50 papas. Esto es para ti”.

Entonces, sí, ésa es la ridícula, increíble y probablemente decepcionante historia que Dave Bresnahan tuvo que contarle a su padre, el sobrino de un pionero del béisbol de principios del siglo XX apodado “El Duque de Tralee”. Un veterano hombre de béisbol exaltado al templo sagrado del juego.
¿Cómo reaccionaría alguien así?
“Soltó una de las carcajadas más grandes de su vida”, aseguró Bresnahan. “Pensó que era súper gracioso. Y yo pensé, ‘Gracias a Dios’”.
Bresnahan hizo varias entrevistas en radio y televisión después del caso – estuvo cerca de ser invitado al progama de David Letterman – y luego estuvo en el negocio de bienes raíces al año siguiente. Recibió ofertas para jugar béisbol profesional después de 1987, pero nunca aceptó.
La jugada de la papa fue el último aporte de Bresnahan al juego de béisbol. Qué forma de decir adiós.
