El 4 de agosto de 1982 comenzó como un día cualquiera para Joel Youngblood.
Claro, había rumores de cambio dando vueltas debido a que sería agente libre al terminar la campaña, pero la verdad es que ése había sido el caso toda la temporada. Además, hacía solo un año que había ido al Juego de Estrellas. ¿Por qué iban los Mets a querer deshacerse de él?
“Yo en lo que pensaba era dar lo mejor de mí, lidiar con lo que sucediera y seguir adelante”, me dijo Youngblood.
Eso es lo que el jardinero pensaba cuando entró a la caja de bateo en el tercer inning durante un juego diurno en el Wrigley Field contra el futuro inmortal Ferguson Jenkins y los Cachorros.
Quizás Youngblood iba a ser cambiado, quizás no, pero lo cierto era que tenía que seguir haciendo su trabajo.
Eventualmente conectó un hit, un sencillo que cayó entre el jardinero central y el patrullero izquierdo. El batazo lo ayudó a sumar dos empujadas y les dio a los Mets ventaja de 3-1.
Y, bueno, luego empezó la locura.
“Fue bien interesante que el canje se diera en el medio del partido”, recuerda Youngblood.
En la parte baja del tercer acto, luego de poner arriba a su equipo, Youngblood fue retirado del terreno porque ahora era miembro de un nuevo club: Los Expos de Montreal. Al gerente general de los Mets, Frank Cashen, le hubiese gustado hacer el cambio antes de que iniciara el encuentro, pero hubo un problema con la línea telefónica y no pudo completarlo. Montreal, mientras tanto, le tenía una monumental petición a su nueva pieza.
“A Montreal le faltaban jugadores para su encuentro en Filadelfia y dijeron que realmente querían que yo tratara de llegar hasta allá”, cuenta Youngblood. “Y sabiendo como soy, les dije, ‘Claro, haré todo lo posible’”.
Era una solicitud extraña; muy pocos beisbolistas han jugado con dos equipos diferentes el mismo día. Pero el juego en Filadelfia era de noche, así que era posible. Youngblood simplemente tenía que apurarse.
“Era un sábado y como estábamos de gira, no había hecho la maleta”, dice Youngblood. “Tienes que cambiarte, ducharte, pagar lo que debes en el clubhouse, buscar un taxi, ir al hotel, empacar tus cosas, pagar lo que tengas que pagar, montarte en otro taxi y había un solo vuelo al que podía subirme. El avión despegaba a las 6:05 p.m., las 7:05 p.m. hora de Filadelfia”.
El partido de los Filis iniciaba a las 7:41 p.m., así que con un vuelo de hora y media, el mejor escenario posible para Youngblood era arribar al estadio para las últimas entradas.
Pero luego, en el taxi camino al aeropuerto, Youngblood se dio cuenta de que había olvidado algo bien importante: Su guante.
“Dejé el guante en el Wrigley Field”, cuenta Youngblood. “Le dije al taxi que teníamos que ir a buscarlo. Había utilizado el mismo guante durante 14 años”.

Ahora, las posibilidades de llegar a tiempo para vuelo eran todavía menores.
“Estaba corriendo, tratando de pasar por seguridad y llegar al avión”, recuerda. “Me dije que si yo llegaba y el equipaje no, pues ni modo”.
Pero Youngblood logró agarrar el vuelo y sus maletas también. Luego de aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Filadelfia y subirse a un taxi que lo llevara al Veterans Stadium, arribó al estadio a las 9:30 p.m., con el partido ya acercándose al séptimo inning.
Se puso su nuevo uniforme azul celeste de los Expos, saludó a su ídolo Pete Rose--quien estaba al otro lado del terreno-- y, cinco minutos después, tras haber jugado ya ese día un juego de Grandes Ligas y embarcarse en una verdadera travesía de 750 millas, escuchó al manager Jim Fanning decirle un par de cosas desde la escalera del dugout.
“‘Youngblood, ven acá, vas a batear’”, recuerda entre risas las palabras del piloto.
Sin haber calentado y sin tiempo para pensar, el nuevo Expo hizo un par de swings en el círculo de espera y luego se fue al plato para enfrentar a otro futuro miembro del Salón de la Fama: Steve Carlton.
Por suerte, Youngblood había enfrentado a Carlton numerosas veces, incluyendo en las menores, así que se sentía bastante confiado ante el ya legendario zurdo. (Carlton fue el serpentinero que más veces vio Youngblood en su carrera y le fue de maravilla contra el cuatro veces ganador del Premio Cy Young).

Y aunque no lo crean, uno de los ocho hits que permitió ese día Carlton terminó siendo un sencillo de Youngblood por el jardín central en el séptimo acto.
Un hombre. Dos hits. Dos equipos diferentes. Dos ciudades distintas. Un día.
Nunca había pasado antes en la historia del béisbol y es probable que no vuelva a ocurrir.
“Sí, aquel año fue bien largo”, se ríe Youngblood. “Llegué al estadio (en Chicago) a las 8 de la mañana y no me fui sino hasta las 12 de la noche. La gente no entiende todo lo que tuve que hacer para llegar allá. Todo tenía que salir bien. Y así fue, aunque las probabilidades estaban en mi contra, pero en el momento uno no piensa en esas cosas”.
Aunque se sorprendió de todas las llamadas de los medios que recibió al día siguiente – “Hey, ¡fue sólo un sencillo!” – Youngblood ahora aprecia su momento en la historia del béisbol.
“Siempre seré conocido. Supongo que mi nombre nunca será olvidado”, dijo Youngblood desde su hogar en Arizona. “Siempre tendré ese récord. Será difícil que alguien lo rompa”.

