Todos los equipos campeones tienen a ese jugador que se convierte en el héroe perfecto cuando menos lo esperas y de quien menos lo esperas. Los Cardenales tenían a Pete Kozma; los Reales tenían a Dane Iorg; los Bravos del año pasado tenían al puertorriqueño Eddie Rosario. Los Rojos de 1990 contaban en sus filas con el también boricua Luis Quiñones.
Aquel equipo de los Rojos era una maravilla, incluso si en su momento no nos dimos cuenta. Para entonces, los Rojos eran sólo el club advenedizo atravesado en el camino de aquellos Atléticos que buscaban su segundo anillo de Serie Mundial consecutivo para consolidarse como una dinastía. Pero aquella novena de Cincinnati era demasiado divertida. Tenían a Eric Davis, al dominicano José Rijo y a Barry Larkin en el medio de sus mejores años. Contaron con la mejor temporada del dominicano Mariano Duncan. Allí también estaba Ken Griffey padre, cuando su hijo estaba empezando a dominar Seattle. Tenían a Chris Sabo y sus lentes. Tenían a Paul O’Neill. Y tenían un bullpen histórico, aquellos “Nasty Boys” de Norm Charlton, Rob Dibble y Randy Myers. Pero nunca hubiesen ganado un título sin Luis Quiñones.
Quiñones tenía 28 años cuando arribó a la campaña de 1990, jugando en su cuarto equipo, ya establecido como el tipo de utility del cuadro interior que necesita cada novena: Buena defensa y poco bateo. (Conectó 12 jonrones en 1989, cuarto en el equipo aquel año, de hecho). Pero no era titular. Por delante suyo estaban Larkin, Sabo y Duncan (sin mencionar a Ron Oester, quien todavía estaba dando vueltas por ahí). Entonces, pasó bastante tiempo en el banco, bateó .241, disparó un par de cuadrangulares e hizo todo lo que pudo para ser una pieza útil.
Entonces, llegó la Serie de Campeonato de la Liga Nacional contra los Piratas de Pittsburgh, liderados por Barry Bonds, quien bateó .167 sin bambinazos en la serie. Los Piratas ganaron el Juego 1, pero los Rojos se llevaron los siguientes tres, apoyados principalmente en su bullpen encabezado por Dibble, quien lanzó cinco innings sin permitir hits en los primeros cuatro partidos, con 10 ponches. Los Piratas ganaron el Juego 5 y el manager Jim Leyland intentó algo loco en el Juego 6, poniendo a abrir a un relevista, Ted Power, para tratar de dominar al lineup de los Rojos. La estrategia funcionó por un rato y el encuentro estaba empatado 1-1 cuando llegaron a la parte baja de la séptima entrada. Oester abrió la acción con un sencillo contra Zane Smith y luego de que Larkin no pudiera avanzar a Oester a segunda con un toque, Billy Hatcher conectó un sencillo para dejar corredores en las esquinas. Intentando todo lo posible para encontrar una ventaja, el manager de los Rojos, Lou Piniella, mandó a batear al derecho Quiñones por el zurdo O’Neill, aunque el boricua había agotado apenas dos turnos (sin hits) conta el zurdo Smith. En cuenta de 3-2, Quiñones hizo esto:
Ese banderín de la Liga Nacional, el primero para los Rojos desde 1976, sigue siendo el más reciente para el club. Quiñones no fue recompensando por su hit: No consumió un solo turno en la barrida que propinó Cincinnati a Oakland en la Serie Mundial, bateó .222 en 97 encuentros con los Rojos en 1991 y se retiró tras irse de 5-1 en tres duelos con los Mellizos en 1992. Terminaría siendo coach e instructor en las ligas menores, un trabajo que sigue haciendo. Su cargo más reciente fue como instructor de bateo con los Batavia Muckdogs, el otrora equipo de los Marlins en Clase-A Corta. Pero siempre tendrá aquel hit.
Y claro, también tendrá para toda su vida aquella semana a principios de septiembre de 1989. Aprovechando el tiempo de juego gracias a una lesión de Sabo – y en medio del masivo escándalo de apuestas que le costó el trabajo y una suspensión del béisbol a su manager Pete Rose exactamente una semana antes – Quiñones, de la nada, tuvo las mejores dos semanas de su vida. El 3 de septiembre, el día en el que ganó el premio a Jugador de la Semana, estaba a más de medio camino en lo que terminó siendo una cadena de 18 juegos dando imparables. Durante la racha, bateó .446 con cuatro vuelacercas y 12 empujadas. Claro, dio apenas dos hits en sus siguientes 28 turnos, pero su racha de bateo y lo bien que le estaba yendo con el madero, considerando los problemas dentro del clubhouse, no pudieron haber llegado en mejor momento. Y, por supuesto, su gran coronación estaba a muy pocos meses de ocurrir.
