¿Mejor campaña de Boston? El 2004, por supuesto

19 de mayo de 2020

El éxtasis -- y la historia – que los Medias Rojas crearon en el 2004 empezó con la agonía del cierre del 2003.

Pero poco después de aquella terrible derrota ante los Yankees en el Juego 7 de la Serie de Campeonato de la Liga Americana en el Yankee Stadium, el duelo del jonrón de Aaron Boone en aquel 2003, algo bueno estaba por suceder.

Lo que terminaría siendo el exitoso proceso para poner fin a la sequía de 86 años sin un campeonato comenzó la semana del Día de Acción de Gracias de 2003, cuando tras días de negociaciones, los Medias Rojas finalmente lograron concretar un cambio con los D-backs para adquirir al estelar lanzador derecho Curt Schilling.

Hasta ese momento, recordemos, los Patirrojos no habían ganado una Serie Mundial desde 1918. Muchos de los peores momentos, como esa derrota en la SCLA del 2003, habían sido a manos de los Yankees. Pero Schilling se había combinado con Randy Johnson para doblegar a Nueva York en la Serie Mundial del 2001 y se sabía capaz de poder vencer a los del Bronx a la hora pequeña.

Con Schilling a bordo para liderar la rotación junto al dominicano Pedro Martínez, los Medias Rojas contrataron a Terry Francona como manager para reemplazar a Grady Little. El nuevo piloto tenía el temperamento perfecto para manejar a un club talentoso y lleno de veteranos.

Aunque un mega-cambio que habría mandado al dominicano Manny Ramírez a los Rangers por Alex Rodríguez se cayó cuando la Asociación de Jugadores no dejó que A-Rod redujera el valor de su contrato, el gerente general Theo Epstein hizo otro movimiento importante cuando firmó al agente libre Keith Foulke. Los Medias Rojas ahora tenían un cerrador en el que podían confiar para la novena entrada, esa pieza que tanto habían extrañado el año anterior.

Cuando llegaron a los entrenamientos, los Patirrojos eran un equipo que se sabía talentoso y que confiaba en sus habilidades, una novena liderada no sólo por sus dos nuevas adquisiciones, sino también por una nueva estrella como el dominicano David Ortiz y su compatriota Manny Ramírez. También tenían a un caballo en la receptoría, Jason Varitek, y figuras relajadas como Johnny Damon y Kevin Millar que hacían del clubhouse un lugar agradable para cualquiera. Y luego estaban batalladores como Bill Mueller, Mark Bellhorn y Trot Nixon.

El bajón de mitad de año

Los Medias Rojas comenzaron la campaña con todo, dejando foja de 15-4 en abril. Pero mayo empezó con una cadena de cinco derrotas. Algo definitivamente no estaba bien. Quizás era el desencanto el otrora ícono Nomar Garciaparra, quien estaba bien claro en que el club había tratado de cambiarlo durante la temporada muerta para abrirle paso a A-Rod. Garciaparra también había sufrido una lesión en un talón y cuando finalmente debutó el 9 de junio, no tenía su movilidad acostumbrada a la defensa.

Durante tres meses, entre el 1ro de mayo y el 31 de julio, el club jugó para .500.

El movimiento que cambió todo

Con el reloj acercándole al límite de las 4 p.m. del 31 de julio para hacer cambios, Epstein no podía sacarse de la cabeza los problemas defensivos de su cuadro interior. Lo veía como un defecto fatal, así que hizo lo que una vez parecía impensable y cambió Garciaparra como parte de un movimiento entre cuatro equipos que trajo a Boston al torpedero colombiano Orlando Cabrera y al primera base Doug Mientkiewicz. En una transacción separada que parecía de menor importancia en ese momento, Epstein también obtuvo al jardinero veterano Dave Roberts de los Dodgers a cambio de Henri Stanley, un jugador de liga menor.

A primera vista, Epstein había adquirido a dos bateadores que ligaban para .246 el día de la transacción, Cabrera y Mientkiewicz. Roberts no estaba muy por encima, pues llevaba .253. En otras palabras, en un principio costó que los fanáticos entendieran el canje.

Pero Epstein había conseguido defensa y velocidad para redondear el equipo. Y se tomó una píldora para dormir después de cambiar a Garciaparra, quien hasta no hacía mucho había sido la gran estrella de la novena.

Pasó una semana para que las piezas empezaran a encajar, pero una vez que lo hicieron, los Medias Rojas jamás volvieron a ver hacia atrás.

El equipo fue una máquina el resto del camino, cerrando la temporada regular con 40 victorias en sus últimos 55 juegos.

Un hueco bien grande

Los Medias Rojas, que terminaron la campaña con foja de 98-64, entraron a octubre como el Comodín de la Liga Americana tras terminar a 3.0 juegos de los Yankees en la División Este. Cuando arrancó la Serie Divisional, fue como si la ronda regular no hubiese terminado nunca. Boston aplastó a los Angelinos durante una barrida de tres partidos que culminó con Ortiz conectando un jonrón de oro sobre el Monstruo Verde en el 10mo inning del Juego 3.

Eso sirvió la mesa para la SCLA que todos querían: Medias Rojas-Yankees. Finalmente, Boston tendría la oportunidad de borrar el dolor del año anterior.

Pero vaya que las cosas no comenzaron de esa manera. Schilling lanzó con un tendón roto en el tobillo derecho y los Yankees lo apalearon en el Juego 1, dejando su estatus para el resto de la serie en duda. Con los cánticos de “Who’s Your Daddy?” tronando en las gargantas de 55,000 personas en el Yankee Stadium, Martínez fue superado por Jon Lieber en el Juego 2. Las cosas cambiarían en el Fenway, ¿cierto? No en el Juego 3. Los Medias Rojas fueron aplastados, 19-8, y ahora estaban abajo 0-3 en la serie.

¿Qué tan mal se podían poner las cosas en Boston?

De esta manera empezó Dan Shaughnessy su columna en The Boston Globe el domingo 17 de octubre. “Aquí estamos. Por 86to otoño consecutivo, los Medias Rojas no van a ganar la Serie Mundial”.

Era difícil verlo de otra forma.

“No nos dejen ganar esta noche”

Pero durante la práctica de bateo antes del Juego 4, Millar empezó a preparar el ambiente, diciéndole a todo el que podía, “No nos dejen ganar esta noche. Si ganamos esta noche, tendremos a Pedro en el Juego 5, Schilling en el Juego 6 y cualquier cosa puede pasar en el Juego 7”.

Los Yankees casi no dejan que los Medias Rojas ganaran aquella noche. El panameño Mariano Rivera, el mejor cerrador del mundo, tenía ventaja de 4-3 en la baja del noveno. Durante el siguiente medio inning --- y los próximos cuatro días – la historia de los Patirrojos cambiaría para siempre.

Millar negoció una base por bolas para abrir la entrada. Roberts salió a correr desde la banca y se robó la segunda base. Terminaría siendo la base robada más monumental de la historia. Mueller – siempre subestimado—conectó un sencillo que empató las acciones. Y en el 12do inning, Ortiz hizo lo que siempre parecía hacer: Dar un cuadrangular de oro.

En el Juego 5, los Medias Rojas estuvieron otra vez a punto de ser eliminados, abajo en la pizarra por 4-2 cuando llegaron al octavo. Papi lideró el ataque con un vuelacercas solitario ante Tom Gordon sobre el Monstruo Verde. Millar negoció un pasaporte. Roberts volvió a entrar como corredor emergente y con un sencillo de Nixon llegó hasta la tercera. Entonces, Rivera fue traído con hombres en las esquinas y sin outs. Un elevado de sacrificio de Varitek empató las acciones. A esas alturas, los Yankees han tenido que empezar a pensar que su viaje a la Serie Mundial ya no era algo inevitable.

Adelantémonos hasta el inning 14, y Ortiz vuelve a responder, esta vez con un hit de oro al jardín central.

El siguiente partido en el Yankee Stadium fue la hora de la “media ensangrentada”. Schilling se sometió a un barbárico procedimiento médico el día antes de la apertura para poder lanzar. Le cosieron el tendón suelto del tobillo. Todo muy cruento. Y maravilloso para los Medias Rojas. Con Schilling encabezando la caballería, los Medias Rojas obligaron un Juego 7.

Y Millar ya había dicho que cualquiera podía ganar un Juego 7. “Cualquiera” terminó siendo Derek Lowe lanzando con dos días de descanso de forma magistral. Nada mal para alguien que había sido enviado al bullpen al comienzo de los playoffs.

Damon se encargó del resto, conectando un grand slam y un jonrón de dos carreras para ponerle fin a su largo slump de la serie. Los Medias Rojas triunfaron por 10-3, convirtiéndose en el primero y todavía único equipo en la historia que remonta un déficit de 3-0 en postemporada.

El ardor del 2003 se había convertido en la sensación más dulce imaginable, con los Medias Rojas llorando una vez más en el Yankee Stadium. Pero esta vez, las lágrimas eran de felicidad.

“Fue pura euforia y esa sensación extraña de no creer lo que habíamos logrado, y a la vez saber que lo íbamos a lograr, si es que eso tiene sentido”, dijo Epstein. “Un año antes en el mismo clubhouse, podías oír un alfiler caer en el suelo. Ahora, no podías escuchar nada por la celebración”.

Derrotar a Finlandia

Ahora los Medias Rojas iban a la Serie Mundial contra los Cardenales, un equipazo que venía de dejar foja de 105-57 en la temporada regular. Pero quién fuera el rival no tenía importancia para los Medias Rojas. El impulso que tenían tras derrotar a los Yankees era demasiado poderoso.

Como dijo Epstein en aquel momento, “Hora de jugar contra Finlandia”. Se refería a la legendaria selección de los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1980 que sorprendió al mundo al doblegar a la súper potencia, la Unión Soviética, en las semifinales y luego hacer lo propio con Finlandia para ganar la medalla de oro.

Al final, no hubo sorpresas y los Medias Rojas le pasaron por encima a los Cardenales en cuatro juegos, con Schilling y Pedro en plan estelar en los Juegos 2 y 3.

El Juego 4 fue la primera vez que un duelo de Serie Mundial se jugaba bajo un eclipse lunar. Pero que los Medias Rojas se titularan parecía algo todavía más raro.

Y eso fue lo que hicieron, liderados por el mismo combo Damon (jonrón abriendo el juego) y Lowe (siete innings en blanco) que había liquidado a los Yankees una semana antes. Los Medias Rojas no estuvieron detrás en el marcador en ningún momento de la Serie Mundial del 2004.

Por primera vez en 86 años, los Medias Rojas eran campeones.

El desfile en Boston fue inolvidable.

“Yo vi a alguien brincar desde el puente al Río Charles, en agua helada”, dijo Martínez. “Alguien perdió una pelota y me pegó de lleno en la frente. Tenía un tremendo dolor de cabeza. Pero valió la pena. Y ha seguido así con los años. Cada vez que vengo a Boston, la gente me recibe como si fuera otro día más del desfile”.

Ha habido más desfiles para celebrar campeonatos. En el 2007, 2013 y 2018. Pero todo comenzó con el 2004, una temporada que nunca se olvidará.