CIUDAD DE MÉXICO -- Bruce Bochy se dio cuenta bastante rápido de que no tenía voz ni voto en el asunto.
Los Padres de 1996 se dirigían a Monterrey, México, para una serie de tres juegos contra los Mets -- los primeros partidos internacionales de las Grandes Ligas fuera de Estados Unidos y Canadá.
Los Padres de Bochy estaban enfrascados en una apretada carrera divisional, empatados con los Dodgers en la cima del Oeste de la Liga Nacional. Pero por un fin de semana en agosto, eso pasó a un segundo plano en la planificación de la rotación de Bochy. Sólo había una persona que posiblemente podía abrir el primer juego de MLB jamás disputado en México: Fernando Valenzuela.
“Nos aseguramos”, recordó Bochy, el dirigente de los Padres en ese momento. “No iba a salir de ese país si él no abría ese juego. Lo entendí… Así que nos aseguramos de que estuviera listo para ese encuentro”.
Se convirtió en uno de los grandes espectáculos en la historia del béisbol internacional. En ese entonces un veterano de 35 años, Valenzuela estaba en el ocaso de una maravillosa carrera de 17 años en las Mayores. Había logrado mucho -- un premio Cy Young, seis Juegos de Estrellas consecutivos, dos títulos de Serie Mundial con los Dodgers.
Pero el nativo de Etchohuaquila, un pequeño pueblo en Navojoa, nunca había lanzado en un juego de Grandes Ligas en su país natal.
Hasta el 16 de agosto de 1996.
Bochy ajustó su rotación en consecuencia. Valenzuela -- ícono del béisbol mexicano que falleció en octubre del 2024 a la edad de 63 años -- recibiría la bola para el Juego 1.
“MLB y el equipo querían dar la mejor primera impresión posible”, comentó el jardinero central de los Padres, Steve Finley. “¿Quién mejor para abrir ese juego que Fernando?”
Treinta años después, las series internacionales de MLB son un elemento básico del deporte. Este fin de semana, los Padres y los Diamondbacks tienen previsto enfrentarse en la Ciudad de México -- el octavo viaje de temporada regular del béisbol a México y el tercero a la capital mexicana.
Pero cuando Valenzuela subió al montículo ese viernes por la noche en 1996, fue algo sin precedentes.
“Fueron los Padres reconectándose con México”, subrayó Eduardo Ortega, el querido y veterano locutor en español del equipo. “No sólo por estar tan cerca de la frontera. Sino porque tenían a las grandes estrellas -- Tony Gwynn, [Ken] Caminiti”.
“Volver a casa, con Fernando -- me emocioné mucho cuando aterrizamos allí”, continuó. “Porque esta era la primera vez. Era Major League Baseball llegando a México”.
Y qué escena. Valenzuela se convirtió, seguramente, en una de las únicas personas en la historia del béisbol en realizar el primer pitcheo ceremonial y el primer envío real en el mismo juego. Tal era su leyenda en el béisbol mexicano.
“Sabía lo que era la Fernandomanía”, dijo John Flaherty, quien fue el receptor de Valenzuela esa noche. “Pero no sabía lo que de verdad significaba. Había demasiada emoción, simplemente por ser su compañero y ver la reacción de todo un país. Cuando entré a ese terreno esa noche y vi la reacción de la multitud… fue genial ser su compañero de equipo y estar recibiéndole los envíos ese día”.
Finley (quien, esa noche, se convertiría en el primer jugador en la historia de MLB en conectar un jonrón fuera de los Estados Unidos y Canadá) agregó: “Cada vez que salía de la cueva, la multitud simplemente estallaba. Te daba la perspectiva de lo que él significaba para los fans de allá. No podía hacer nada mal. Fue increíble cuando subió al montículo. Era una atmósfera de postemporada”.
Tanto Finley como Flaherty describieron el ambiente como “eléctrico”. Los aficionados coreaban “Toro, Toro”, el apodo de Valenzuela, a un volumen ensordecedor. ¿Y el propio Valenzuela?
“Todo lo que hacía, todos lo seguían”, confesó Flaherty. “Me río, porque no habrías podido darte cuenta, al observarlo, si era un juego de los Entrenamientos de Primavera o esta noche en Monterrey, México. El muchacho era tan callado, humilde, seguro… La expectativa, todos los medios, se le dio mucho bombo. Pero no hubo nada de exageración con él esa noche. Fueron simplemente negocios”.
No importó que Valenzuela recibiera ovaciones estruendosas por todo lo que hacía. Al ser la Liga Nacional en la década de 1990, fue al plato en cuatro ocasiones distintas. Cuando falló con un elevado al central en su primer turno al bate, recibió una ovación de pie.
“Era un muchacho tan humilde”, recordó Bochy. “De verdad no quería la atención, pero la manejó muy bien. Su mecánica, nunca lo olvidaré, mirando hacia los dioses antes de soltar el envío. En este juego, tienes la suerte de dirigir a tantas grandes personas. Él fue una de ellas”.
En medio de toda la fanfarria, Valenzuela cumplió absolutamente en el montículo.
Este no era el Fernando Valenzuela en su apogeo. Su recta a menudo registraba menos de 90 millas por hora. Pero igual tiraba un tirabuzón que cortaba el aire y lo complementaba con una recta cortada de movimiento tardío.
En uno de los entornos más amigables para los bateadores en el deporte, Finley, Caminiti, Flaherty y Greg Vaughn se volaron la cerca. Valenzuela, mientras tanto, simplemente seguía colgando ceros. Subió a la loma para la séptima entrada con una ventaja de 15-0.
“Recuerdo que lanzó muy bien”, indicó Flaherty. “Pero para ser bastante honesto contigo, nunca recuerdo que no haya tirado bien. Simplemente parecía que eso era lo que hacía. Fue al final de su carrera. Te daba seis entradas, tal vez un par de rayitas. Era un chico increíblemente divertido para recibirle”.
En una noche diferente, por supuesto, Valenzuela casi con seguridad habría sido relevado con una ventaja de 15 carreras. Pero Bochy sabía lo que el momento significaba para Valenzuela, para el deporte y para todo el país. Así que el legendario zurdo regresó para el séptimo acto. Permitió una carrera y embasó a otros dos hombres antes de que Bochy llamara a su bullpen.
“Probablemente mi momento más grandioso fue cuando Fernando abrió el primer juego”, expresó Ortega. “Era viernes; dejó el juego ganando. Y luego esa ovación de pie -- fue una locura. Todo el estadio era una locura. Fue muy especial -- que ganara el juego, y la forma en que todo el país estaba prestando atención. Ese, para mí, es el recuerdo que tengo”.
Ortega, un nativo de Tijuana que ha narrado los juegos de los Padres en español durante cuatro décadas, recordó haber disfrutado todo el fin de semana. Recuerda haber hablado con fans en el Estadio Monterrey que habían acudido en masa desde todos los rincones del país para ver tirar a Valenzuela.

“Fue algo muy grande para todo el país”, recordó Ortega. “Lo habían seguido durante tanto tiempo. Se acercaba cada vez más al final de su carrera. Tuvieron la oportunidad de verlo en un juego oficial de Grandes Ligas -- esta gran leyenda, esta leyenda viviente, teniéndolo en casa”.
La ventaja de 15-0 de los Padres se convirtió en una victoria de 15-10, con Valenzuela aparentemente siendo el único abridor capaz de manejar el entorno de esa noche. Después, tomó el micrófono y se dirigió a la multitud, diciendo:
“Esta noche fue buena para el béisbol, buena para el béisbol mexicano”.
Tan discreto como siempre.
En retrospectiva, fue un momento innovador -- para el béisbol en México y para el deporte en su conjunto. Desde entonces, las Grandes Ligas han visitado Japón, Inglaterra, Puerto Rico, Australia y Corea del Sur. Mientras tanto, los viajes a México son ahora una ocurrencia semiregular y un punto culminante en el calendario de la liga. Todo comenzó hace 30 años en Monterrey.
“Ese fue probablemente uno de los mejores momentos, no sólo para los Padres, sino para Major League Baseball”, recordó Ortega. “Tener un juego real -- un juego oficial, los Padres y los Mets -- eso fue algo a lo que todo el país prestó atención”.
Por lo tanto, era más que apropiado que Valenzuela estuviera en el montículo para ello. Había firmado con los Padres la temporada anterior y registró una efectividad de 4.98. Pero reavivó algo de su magia en 1996, con marca de 13-8 y una efectividad de 3.62.
Los Padres ganarían dos de tres sobre los Mets ese fin de semana, con Caminiti famosamente conectando dos vuelacercas en el último juego, conocido como “el juego de los Snickers”. (Caminiti requirió suero intravenoso en el clubhouse por una enfermedad, pero se negó a ser sacado de la alineación. Según cuenta la historia, lo único que pudo comer fueron un par de barras de Snickers. Se voló la cerca en sus primeros dos turnos al bate, y luego fue retirado del partido después de la quinta entrada).
La serie resultó vital para un equipo de los Padres que ganó el Oeste de la Liga Nacional por un juego, barriendo a los Dodgers en el último fin de semana. Quizás irónicamente, el juego más memorable de esa temporada -- en teoría, el juego que marcó la diferencia en esa tabla de posiciones -- fue abierto por Valenzuela, una leyenda de los Dodgers.
“No podrías haber escrito la historia de mejor manera”, acotó Finley. “Él quería esa apertura desde el principio”.
Y nunca hubo ninguna duda de que la obtendría, ni ninguna duda de que cumpliría.
A principios de la década de 1980, la Fernandomanía fue una sensación. Arrasó con el deporte.
Por una noche, más de una década después, la Fernandomanía regresó con toda su fuerza -- y el propio Valenzuela estuvo justo en casa.
La reportera de los Gigantes, María Guardado, contribuyó con reportes para esta historia.
